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Un buen día una niña se acercó al árbol y vio que de sus ramas pendían miles de frutos de diversos colores y tamaños. De estos, solo podría escoger uno, así que se tomó su tiempo oliendo sus aromas y palpando sus texturas. Finalmente escogió aquel que la sedujo, porque, al agarrarlo, en su interior emergió una alegría sin causa ni forma.

Suavemente lo mordió, lo masticó lentamente, cerró sus ojos y se inspiró en la voz del árbol mágico que empezó a escuchar en su interior y que le decía:

  • Tu corazón es de oro; no temas ser curiosa, no temas saciar tu afán de conocer, pues en tu naturaleza está la reflexión profunda que lleva a la sabiduría.
  • No te pierdas en competir con los demás, ni uses esta habilidad para sentirte superior a otras personas. Más bien aprovecha el don de tu mente y con el saber que acopias ayuda a otros seres.

Al cabo de un rato pasó otro niño. Del mismo modo, al probar la fruta del árbol habló en su interior y en esta ocasión dijo:

  • Tienes el don de la fuerza interior y la habilidad de aprender del sufrimiento. Por ello, no temas equivocarte ni hacerte daño pues siempre podrás crecer, personar y perdonarte.
  • No conviertas tu fuerza interior en una muralla que cierra la vida y te lleva a la soledad, a la timidez o a la incomunicación. Confía en ti, en tu habilidad para aprender de las experiencias difíciles y conviértete en referente de aquellas personas que sufren como tú.