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Cuentan que largo tiempo atrás, en un bosque apartado, existía un anciano árbol muy sabio. Su conocimiento provenía del cielo, y es por eso que sus raíces se agarraban a las nubes. Su fuerte tronco se asemejaba a una columna milenaria capaz de soportar cualquier peso. De sus ramas se prodigaban frutos de un sabor exquisito que atraía y nutría a todas las niñas y niños que se acerasen a él.

Cuando cualquier pequeño o pequeña se acercaba y comía alguno de sus deliciosos frutos, se entablaba como por arte de magia un vínculo de comunicación, el árbol hablaba sin decir una sola palabra y, de igual manera, niñas y niños no necesitaban utilizar su voz para comunicarse. Cada vez que un de estas frutas se comía, la sabia voz del árbol resonaba en el interior del menor despertando la capacidad de reconocer su mayor y más profunda habilidad innata.

Así entonces, todos los niños y niñas al cumplir 6 años acudían al mágico árbol para degustar la fruta que revelaría el tesoro interior que les acompañaría en el transcurso de su vida.

Un buen día una niña se acercó al árbol y vio que de sus ramas pendían miles de frutos de diversos colores y tamaños. De estos, solo podría escoger uno, así que se tomó su tiempo oliendo sus aromas y palpando sus texturas. Finalmente escogió aquel que la sedujo, porque, al agarrarlo, en su interior emergió una alegría sin causa ni forma.